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jueves, 18 de septiembre de 2014

la lluvia roja

La lluvia roja fue un fenómeno inoportuno y terriblemente dañino. Sucedió en un ano en el que a Ratanakiri solo se llegaba desde Phnom Penh tras tres días de viaje en camión.
Por entonces, los pueblos de Ratanakiri difícilmente se entendían entre ellos. Cada aldea era una isla de tradiciones ancestrales donde se mantenían oscuras pláticas con los espíritus. Los lenguajes eran infinitos y crípticos. No había comercio, carreteras o monasterios.
La lluvia roja fue un fenómeno inoportuno porque llegó al final de septiembre, cuando el monzón ya estaba amainando. Fue terriblemente dañino porque su virulencia alborotó los sembrados del arroz, que siempre se plantaba equidistante, y trajo consigo consecuencias trágicas.
Antes de la lluvia roja el arroz se plantaba y recogía al ritmo de canciones atávicas. Cada pueblo realizaba sus peculiares danzas cada vez que una planta era introducida en la tierra. Las coreografías estaban ingeniadas para que la distancia entre ellas fuera la apropiada.
En la recogida, los movimientos oscilantes de los cuerpos seguían los caminos trazados durante la siembra. Con los ojos cerrados, escuchando el coro de música, se podía adivinar la posición de cada grano de arroz.
Sin embargo aquel año, tras la lluvia roja, las plantas del arroz no estaban en su sitio. La lluvia roja fue tan tenaz que parecía más que un fenómeno climatológico alguna clase de ira. Arrastró todo el polvo y el óxido como si con su violencia pretendiera parar el paso del tiempo. Ratanakiri se convirtió en un maremoto de lodo.
Cuando cesó de llover, ni el ritmo ni la letra de las canciones de los campesinos les permitió para poder localizar de nuevo las plantas de arroz. Algunas se hallaban a kilómetros de distancia de sus granjas. Tuvieron que inventar nuevas rimas, pero las que ingeniaron no tenían verdadero sentido y no les facilitaban acercarse a sus plantas. Con el cambio de posición del arroz perdieron no sólo gran parte de la cosecha, también sus tradicionales estribillos cómicos y dramáticos.
Cuando paró la lluvia roja, los movimientos de los bailes no se coordinaban con la nueva posición del arroz y las coreografías dejaron de estar sincronizadas. La incomodidad de danzar sin música y la frustración de bailar sin arroz creó diversas dolencias musculares y reúma. Sin saber qué canción bailar, algunas de las piernas de los indígenas se confundieron, se enredaron, se anquilosaron. Esto fue más dramático que el hambre, sobre todo cuando con el tiempo aquellas piernas de campesino bailarín dejaron de ser útiles, ni para el arroz ni para la danza, y algunos decidieron cambiarlas por ortopédicas. Cuando las minas antipersona pusieron de moda las extremidades de plástico.
La moda de intercambiar carne por plástico transformó la orografía humana de Ratanakiri. Porque aunque al principio el habito de intercambiar extremidades verdaderas por falsas fue minoritario, posteriormente muchos indígenas serían amputados.
En los años siguientes al extraño fenómeno de la lluvia roja, los llamados “tullidos” se hicieron tan numerosos que fundaron su propia tribu. Se comunicaban con su propio lenguaje, el de la lengua cortada. Como su Dios eligieron aquel que está privado de extremidades: el del árbol talado.
Como los tullidos carecían de arroz y de brazos para cultivarlo, les pidieron baguettes a los franceses y fue al delicioso olor de los croisanes que en otras tribus se cortaban los pies, los dedos e incluso la lengua, para poder ser reconocidos como tullidos y dirigirse al árbol talado con entrecortadas palabras.
Muchos quisieron nacionalizarse tullidos por no tener dientes, algunos calvos se hacían pasar por oriundos de la tribu del árbol talado y varios tartamudos pidieron asilo político alegando persecuciones en sus pueblos de origen que nunca fueron del todo probadas.
Se puso de moda en Ratanakiri mirar sin ojos, abrazar sin brazos y hablar sin lengua.

domingo, 22 de enero de 2012

Lanzarote



Celestina era una anciana con el pelo en forma de caracola de mar. Fue por la costumbre de hacerse tantas veces un moño. Era una anciana con reuma, terca y solitaria. Había dos particularidades en la vida de Celestina: Que vivía en una isla en el fin del mundo y que conocía el secreto del gran árbol azul. Y esas dos particularidades hacían que Celestina apenas durmiera.

Celestina comprendía a las otras ancianas, las del supermercado o las que se sentaban en los bancos de la plaza. Tenían como ella pensamientos como caracolas, pensamientos que se enroscaban en vueltas y vueltas. Eran como viejos acertijos que no se resuelven nunca. Ella también cavilaba por su hijo, que estaba embarcado en alta mar.

Aquella isla era un lugar de madres insomnes. Porque los hijos del fin del mundo no eran como los hijos de tierra firme, que sueñan con conquistar ciudades o estudiar medicina. Los hijos de la isla siempre soñaban con luchar contra el mar. Es misterioso que en medio del océano los niños soñaran con aislarse más aún. Pero solo el gran árbol azul guardaba bajo sus hojas el secreto que hacía a los isleños empeñarse en su soledad.

Celestina no solo se desvelaba por su hijo marinero. También y eso no se lo contaba a las otras ancianas lo hacía por ese gran árbol azul, el que estaba en medio de la plaza del pueblo, junto a los bancos donde se sentaban los señores a murmurar por la lluvia. Porque la isla era un lugar desierto. Y cuando la lluvia llegaba los charcos que dejaba eran tan pequeños que apenas permanecían unos minutos reflejando aquella inmensidad monótona del paisaje.

Era curioso que a pesar de la ausencia de lluvia el gran árbol tuviera un ramaje tan profuso, que su copa rozara el suelo y fuera tan espesa que no se pudiera ver su tronco. Toda la isla creía que su extraño color azul provenía de la China. Se pensaba que el Doctor Braulio lo había plantado al final del siglo diecinueve, cuando se empeñó en que la isla fuera algo más que un desierto lunar. Porque hasta entonces solo era la cicatriz de un gran volcán y un puñado de arena.

Se decía que el Doctor Braulio también hizo desembarcar del navío en el que trajo el gran árbol de la China, un piano para el teatro, la campana de la iglesia, varias palmeras y algo de tierra africana para plantarlas a la orilla del mar.

Celestina cavilaba por el gran árbol desde siempre, desde hacía mucho tiempo, antes de que su hijo se embarcara a pescar. Cuando aún en la isla del fin del mundo traían el agua potable en barcos piratas y las ancianas tuertas curaban a los enfermos escupiéndoles la savia de un cactus.

Celestina cavilaba ya por el gran árbol azul antes de que muriera su marido. Su marido, como tantos en la isla siempre quiso huir, aquejado por las enfermedades de los vientos que llenan los oídos de los naufragios de alta mar. Al fin y al cabo, la isla era sólo un lugar de paso. Allí no se encontraban animales que no supieran nadar o volar. Los únicos mamíferos no humanos eran los perros de compañía y cinco gatos.

Cuando murió su marido, Celestina sintió un gran alivio. Como cuando en bajamar, la marea por fin deja tranquila a la playa.

Celestina cavilaba por el gran árbol azul desde hacía muchos años. Porque lo descubrió de muy pequeña. Apenas era una niña cuando jugando al cascayo en la plaza se deslizó bajo sus ramas. Fue como entrar dentro de un paraguas, al abrigo de un mundo nuevo, con un cielo de oscuras hojas. Al contemplarlo por dentro supo dos cosas: Que era la primera persona que entraba bajo las densas ramas y que en aquella cavidad sombría se recogían todos los acontecimientos del mundo.

Vio como en el interior del árbol cada rama, cada hoja y cada brote se vinculaban por hilos de clorofila que contenían la información de cada parte del mundo. Contempló el mapa de la China, moteado con millares de árboles azules; descubrió un barco encallado en los arrecifes de Sri Lanka y condujo su vista por el largo camino en que el Amazonas no consigue mezclarse con la oscuridad del Río Negro, siendo dos aguas opuestas que discurren por la misma cuenca. Por entonces no había Internet. Si no Celestina hubiera pensado que el gran árbol era parecido a Google Earth. En vez de eso, Celestina pensó que la tierra es un paisaje entero que puede caber en el reflejo de un charco de lluvia. Mientras, en el envés de las hojas del gran árbol azul, el amor y el odio hacían malabarismos para mantener en funcionamiento este motor oxidado sobre el que camina el mundo.

En aquellos años, el padre de Celestina, cuando se iban a pasear al volcán, la obligaba a vestir chubasquero. Aunque nunca lloviera. Porque nunca llovía. Era como un amuleto o una suerte de plegaria. Celestina tenía un chubasquero que se guardaba en uno de los bolsos del propio chubasquero, un enorme chubasquero azul que se daba la vuelta por completo y se guardaba en un pedazo de tela del tamaño de su mano. Pensó que el interior del árbol azul era el bolsillo del chubasquero del mundo, que el mundo era reversible, y que estaba en la otra parte del globo, en la que se miran las cosas del reverso.

Ese día tardó siete horas en volver a su casa, mareada porque aún no se había inventado la televisión, y Celestina nunca había visto besos en la boca, tigres o asesinatos. No contó a nadie lo que había visto en el gran árbol. ¿Cómo podría hacerlo si ni siquiera sabría describirlo?

En esos días empezaron sus insomnios. Cada noche se desvelaba ideando qué pasaría en el universo si arrancaba una de las hojas, qué catástrofe provocaría en la tierra si podaba alguna rama, cómo cambiaría el mundo si ella, desbrozando, obligara a la clorofila del gran árbol azul a abrirse nuevos caminos.

Y todos los días durante más de cincuenta años, en los cuales llovió ciento cuarenta y tres tardes, Celestina, al pasar por la plaza, se deslizaba al interior del gran árbol azul para descubrirse los secretos del mundo. Todos los días, durante más de cincuenta años, cuando salía de él, los señores que se sentaban en la plaza la miraban indiferentes. Al fin y al cabo en aquella isla del fin del mundo no tenían mucho tiempo para observar las pequeñas esporas, los suaves pelillos y el entramado de nervios que dibujan árboles en el dorso de las hojas de los árboles. Estaban demasiado ocupados, siempre sentados y esperando, desesperadamente esperando a que lloviera.

Aunque los isleños lo desconocían (porque ninguno asistió a clases de astrofísica), el fin del mundo tenía algunas de las peculiaridades que se le atribuyen a los agujeros negros. Como su aislamiento o el color basáltico. Tenía la particularidad de haberse creado en torno a un agujero, que en aquella isla era un cráter de tierra ardiente. El fin del mundo también se parecía a los agujeros negros porque lo definían mejor sus ausencias que sus presencias. Su identidad la conformaban más las cosas que no tenía que aquellas de las que estaba compuesto (a las que se había habituado).

Gran parte de la población de la isla siempre estaba ausente, fondeada en alta mar, y mantenía a la otra parte, la que permanecía en tierra, intranquila. Siempre pendiente.

La ausencia de tierra en los senderos hacia el volcán también tenía más protagonismo que su presencia, y las grietas volcánicas sobre el suelo de la isla eran más famosas que el firme piso de lava seca. Al fin y al cabo, en ese intervalo en que no había suelo, fruto de la irregular solidificación de los fuegos, desaparecían los abortos, era una ocasión ventajosa para los femicidios, una cavidad que inspiraba a los neuróticos a un chapuzón de cabeza. Los suicidas del fin del mundo descendían por esas grietas hacia los inicios mismos de la tierra, donde a veces, aún regurgitaba su fuego alguna boca enterrada de volcán.

La ausencia de lluvia había sido el hilo conductor de la creatividad del fin del mundo, el inspirador de su ingenio. Porque se encontraban por toda la isla toda suerte de artilugios para atesorar agua, y en las tradiciones la lluvia inundaba las canciones y los rezos. Hubo destacados inventores en la isla que intentaron convertir en nieve la brisa del mar o quisieron romper las olas para separar la sal del agua. Hay quien dice que incluso el Doctor Braulio, cuando llegó a la alcaldía, tenía entre su programa electoral el propósito de importar un río. Ramón, uno de los señores que murmuraban en la plaza del gran árbol azul, decía que fue su bisabuelo quien lo previno de traerse el río, convencido de que el volcán no tenía suficiente pendiente para arrastrarlo hacia el mar.

En cualquier caso el volcán estaba tan horadado que difícilmente podría adivinarse la caprichosa orientación de sus pendientes. Porque algunos aspirantes a campesinos lo habían escarbado en mil orificios y canteras para arrastrar la arena de sus lavas hacia casa. Al fin y al cabo solo la lava del volcán era propicia para el cultivo. Era capaz de guardar, en la porosidad opaca que contenía, algunas gotas del rocío. Y solo por los pequeños huecos de aquellas piedras pudieron prosperar las suficientes plantas en los jardines para que los habitantes del fin del mundo no sucumbieran al escorbuto.

La mirada esperanzada a las volátiles nubes de aquel cielo fue lo que hizo a los párrocos cristianos que llegaban a ejercer en la isla, provenientes de seminarios continentales, pensar que los isleños eran aficionados a algún credo, propicios para la mística. Porque estaban demasiado acostumbrados a pedir lo que no podían conseguir, a perseguir imposibles, obsesionados con los milagros. Pero era invariable la decepción de los sacerdotes cuando en los oficios los hombres ni siquiera entraban a la iglesia. Se quedaban a las puertas para poder seguir pendientes de las presiones de los vientos, la pastosidad del aire, la velocidad de las gaviotas o la humedad ambiente.

La identidad de algunos isleños, como la del fin del mundo, también estaba conformada por sus carencias. Como era el caso de Ramón, del que su principal rasgo era la falta de zapatos. O la de Celestina, por su ausencia de sueño. También la de los emigrantes como Nzinga, la niña africana que carecía de voz. O la utilizaba de manera tan extraña.

Los nombres que recibieron algunos de los lugares de la isla también estaban relacionados con sus faltas. Como el Roque de Lobos, que era un promontorio en medio del mar que carecía de vida. Había cierto afán por inventarse que en sus grutas se guarecían fieros animales, perros salvajes o felinos al acecho. Aunque el roque solo era una peña desnuda sobre el mar en la que nunca prendió una sola semilla de yerba. Y sin embargo, esas leyendas asustaban tanto a los marineros que en caso de vendaval preferían vérselas con el mar enfurecido que desembarcar en el islote. Preferían sucumbir a sus miedos y arriesgarse a zozobrar que encarar la desesperanza objetiva de que en aquel islote no existiera la vida.

La punta más apartada de la isla también tenía el nombre de lo que le faltaba. Era Playa Mujeres, la esquina más remota y ventosa del fin del mundo y de la que todas las mujeres habían salido huyendo. Ya sólo vivían escasos marineros allí. Fue por la enfermedad de los vientos. En tiempos, los hombres se habían frustrado tanto de pelearse contra sí mismos que comenzaron a pelear contra sus mujeres. Fue una guerra sin tregua que dejó en los cuerpos de las esposas los mapas de las brújulas sin norte y los timones rotos. Las mujeres escapaban por la noche y corrían por la lava a punto de despeñarse por sus grietas. Cuando llegaban al pueblo llamaban a sus hijos con los nombres de lo que sus padres nunca consiguieron tener. A los niños, Clemente, y a las muchachas, Consuelo.

La noche en que la última mujer escapó de Playa Mujeres hubo un temblor de tierra. Celestina recuerda verla pasar sumida en el pánico camino de casa de sus padres. Corría sobre suelo inseguro mientras la anciana, asomada por la ventana, contemplaba el mar. Con la luz intermitente del faro vio una barca vacía acercarse desde el horizonte a la playa. La embarcación atracó como un fantasma sobre la arena y se quedó oscilando suavemente. La anciana, a pesar del reuma, que era una epidemia en el fin del mundo, movía los pies inquieta agitando los pompones rosas de sus zapatillas.

Nunca, durante los más de cincuenta años que Celestina pasó observando los hilos de injusticias con los que se teje el mundo había movido o tocado nada del gran árbol. Nunca había cedido a la tentación de acariciar uno de sus frutos azules, estrujar la punta de una hoja seca, desprender una corteza desconchada o soplar el polvo de la carcoma. Siempre pensó que si alguien tenía que alterar los designios del fin del mundo debía ser alguien más preparado que ella. Quizás la médica del pueblo o el alcalde. Ella al fin y al cabo apenas sabía leer y a veces tenía ideas simples. Eran las tablas de salvación a las que se agarraba cuando sus pensamientos, los que daban vueltas y vueltas, iban a la deriva, camino de convertirse en náufragos.

Sin embargo, el día del temblor, por primera vez, sus movimientos habían cambiado la forma del árbol. Fue cuando su moño de caracola tropezó con una rama, y una hoja, que ya oscilaba con la duda de una lágrima, se desprendió. No se cayó sobre el piso. Si no Celestina se hubiera urgido a pegarla de nuevo. Aunque fuera con Loctite. La hoja se fue con el viento. A través del hueco que se había abierto entre el follaje, Celestina pudo verla subir incansable hacia las nubes.

Cuando salió del árbol la anciana estaba completamente pálida. La tensión se le bajaba y la azúcar se le subía con los ritmos de un sismógrafo. Las bolsas que se acumulaban bajo sus ojos oscilaban con más inclinación que los pesados lóbulos de sus orejas, famosos en el pueblo ya que a través de sus agujeros, cuando no llevaba pendientes, podía contemplarse la luna.

Celestina tuvo un encuentro fortuito con Ramón. El señor, poco prevenido de la condición médica de la anciana, le soltó de sopetón la premonición de que esa noche habría un terremoto. Toda la isla sabía que como nunca usaba zapatos Ramón podía tomarle el pulso a la tierra. Así que Celestina se apresuró hacia su casa intentando recordar en qué cajón de la cómoda había puesto sus pastillas del corazón. Se dijo a sí misma que no volvería bajo el gran árbol azul.

Al llegar a casa Celestina deseó con todas sus fuerzas tener a alguien con quien hablar. Que su hijo desembarcara repentinamente o que alguna vecina se acercara a su casa para tejer ganchillo. Aunque no pudiera hablar del árbol azul, quizás podría quejarse de aquellos artesanos que vivían en casas comunitarias bajo el volcán de la isla y se sospechaba que tomaban drogas. Los artesanos eran una de sus ideas simples, una de sus tablas de salvación cuando la marejada dejaba sus pensamientos sin rumbo.

Que el señor Ramón no usara zapatos fue algo accidental, producto de una alergia infantil al cuero. De ahí que se acostumbrara a andar descalzo y después, cuando ya vendían antihistamínicos en la farmacia del pueblo, la forma de sus pies fuera poco anatómica para la de los zapatos. De tanto hundirlos en la arena por su oficio de pescador de caña terminaron pareciéndose a extremidades anfibias más que a miembros humanos.

El hecho de no usar zapatos mantuvo al señor Ramón en contacto desde pequeño con cosas que el resto del fin del mundo no parecía percibir, como la temperatura de la tierra o la humedad de la arena. Predecía mejor que nadie la actividad del volcán y los cursos de las mareas. También averiguaba otras cosas de las que prefería mantener silencio. Como cuando sentía que el calor del sol apenas se acumulaba en el asfalto y entendía que era ahorrando pavimento como el alcalde se había construido su mansión en la gran playa.

La carencia de zapatos permitió a Ramón entender que algunas de las cosas de la vida nos separan de ella. Por eso apenas usaba ropa, tenía la casa más sencilla del pueblo y apenas hablaba. En general, nadie ponía en cuestión las cosas que decía. Hablaba tan poco que, cuando lo hacía, parecía más cierto. Ese día tampoco se equivocó, aunque el terremoto que vaticinó fue muy ligero. De hecho, los daños en el pueblo no fueron extensos.

Sin embargo, algo pasaba en la playa. Al amanecer, Celestina vio un corrillo formado en torno a la barca que había quedado varada. En ella, bajo una lona, entre redes de pescar y un bidón vacío de agua encontraron desmayada a una niña. Era completamente negra. La miraron con curiosidad hasta que llegó la médica. ¿Para qué sirve?, se preguntaban, mientras la doctora examinaba su cuerpo, atestado de pelillos y corpúsculos, con un entramado de venas que dibujaban infinitos senderos bajo la piel oscura.

Pronto descubrieron que la niña no servía de mucho, apenas sabía hablar o lo hacía de manera muy excéntrica. Cuando decidieron escolarizarla, lejos de aprender, la niña cantaba. Tarareaba canciones difíciles y ritmos imposibles. Un día al nuevo inventor del pueblo, Braulio Tercero, descendiente del muy recordado Doctor Braulio, se le ocurrió la idea peregrina de utilizar aquella voz para conjurar las lluvias. Como tardaba en llover, fue a la escuela y junto al maestro y al alcalde llevaron a la niña negra a pasear al volcán. La azuzaron para que cantara sus músicas raras.

A veces, en la escuela del fin del mundo, agitaban a la niña negra como se agita un viejo aparato que ya no funciona. Y el inventor siempre que se la encontraba se mesaba las barbas mientras la miraba extrañado. Se preguntaba de qué podría servirles.

Tras el desprendimiento de la hoja del árbol, Celestina se negó a salir de casa durante días. Escondió su dentadura postiza en una esquina del armario e invocó al Alzheimer para no recordar nunca donde la había dejado. Nunca salía de casa sin su dentadura postiza. Y es que aún mantenía ciertas coqueterías de cuando era joven. Así que lavó, secó, planchó y colocó todos los manteles, las cortinas, los tapetes, los tapices y las fundas. Arregló las varillas de cada uno de sus paraguas. (Igual que era una costumbre el pasear con chubasquero en el fin del mundo, también lo era el coleccionar paraguas por si algún día arreciaba la lluvia.) Cocinó sopa. Cocinó carne de conejo y como su hijo no desembarcó esa semana se la obsequió a uno de los perros. Se enganchó con una telenovela colombiana. Deshizo galletas María en la leche. Habló sola, farfulló quejándose probablemente de algo o de todo. Pero no se le entendía nada sin dientes.

A pesar de su avanzada edad, aquella anciana desdentada aún tenía sangre febril para las grandes pesadillas. Celestina a veces soñaba que el gran árbol azul era la red de un pescador que la tenía atrapada abajo en el mar. Soñaba que en la profundidad del océano se ahogaba incapaz de romper los nudos que sujetan el fin del mundo. Otras veces soñaba que las mujeres y los hombres de la isla se sentaban al atardecer en la gran playa para tejer redes. Cada hilo de sus mayas nacía del anterior como una venganza. Cada hilo daba luz a nuevos hilos como una hidra de múltiples cabezas. Celestina soñó que esos hilos eran los esbozos de las rejas que contenían la promesa de una cárcel.

La quinta noche de su encierro Celestina se despertó a las tres de la mañana sudando. Pensó en el hueco que había abierto en la copa del gran árbol. El que dejó la hoja. El mismo hueco por el que ascendió incansable hacia el cielo. Celestina intuyó que ese agujero en la copa del árbol, ese pedazo de no árbol azul, esa ausencia de gran árbol, era su única oportunidad de un descanso.

Esa mañana, justo a la hora en que el sol salía por detrás del Roque de Lobos, Celestina volvió a visitar el envés del gran árbol azul. Quería comprobar que aquel hueco aún seguía abierto.

Se pegó la dentadura al paladar y de camino a la plaza Celestina se encontró con Braulio Tercero. El inventor daba vueltas y vueltas por el pueblo cavilando sobre las posibles utilidades de Nzinga. Ni siquiera saludó a Celestina. Pero las descortesías siempre se perdonan a los genios. Estaba enfrascado en sus cálculos, revisando sus anotaciones. Se mesaba las barbas ensimismado.

Cuando Celestina penetró de nuevo en la cavidad del árbol suspiró como cuando la médica le enchufaba la mascarilla de oxígeno con la gripe de invierno. La débil luz de la mañana entraba por el hueco que dejó la hoja. Era pequeño y apretado como el agujero por el que se hincha un globo. Celestina tuvo un buen augurio.

Cuando Celestina salió del árbol, las señoras del fin del mundo esperaban al autobús con los carritos de la compra. En la cola del autobús también esperaba la nueva niña, Nzinga, de la mano de un artesano que se había compadecido de su inutilidad y había decidido adoptarla. Los ojos negros de Nzinga se quedaron mirando fijamente las manos de Celestina. Estaban surcadas por venas y arrugas que dibujaban árboles. La niña negra también miró a través del hueco que se abría en los cartílagos de las orejas de Celestina. Era como un pequeño charco de lluvia a través del que se podía contemplar el reflejo del mundo. A través del hueco de las orejas de Celestina, Nzinga contempló a los hombres que murmuraban sentados junto al majestuoso árbol azul, contempló el gran volcán cubierto siempre por la misma nube, famosa por sus vientos y huraña con sus lluvias. Contempló hasta que fue arrastrada por su nuevo padre a la plataforma del autobús. En el viaje, el vaivén por los baches que provocó la escasez de asfalto le recordó al vaivén del terremoto que la había desembarcado en la playa.

Nzinga, la niña negra que naufragó en la isla del fin del mundo, durmió esa noche en una casa bajo el volcán, atestada de adultos y de niños, de respiraciones pesadas, llantos nocturnos y susurros. Fue su primera noche, después de una infinidad de lunas, en compañía.

A la mañana siguiente contempló el taller de los artesanos que la albergaban. Era un universo de cráteres y de polvo. Construían vasijas, joyas y muebles. Los construían como espejos de la rara naturaleza de aquel volcán anclado en los mares del fin del mundo. Para reproducir la terquedad del magma cuando le roba un espacio al océano, los artesanos movían las piedras, secaban las plantas, untaban las resinas y revivían los arrecifes.

El padre de Nzinga era el único soltero de la comunidad de artesanos. Era un hombre charlatán que siempre se había sentido solo. Bebía en exceso y nunca tuvo suficiente responsabilidad o buena cabeza para formar una familia. Cuando escuchó que Nzinga había desembarcado y le contaron que no servía, se enamoró de ella sin conocerla. Como cuando un alma desesperadamente huraña reconoce de súbito a su alma gemela. Pero el artesano sabía poco de criar a una niña, así que no se preocupó de mucho más que de procurarle alimento. Hablaba sin cesar por fin complacido de que alguien le escuchara. Se olvidó de enseñar a Nzinga a pronunciar ella también las palabras. Se olvidó además de peinar a Nzinga, por eso el pelo de la niña, agitado diariamente con la virulencia de los vientos volcánicos, pronto comenzó a acumular asperezas, protuberancias y fragmentos del arrecife, y al pasar de los meses fue adquiriendo el aspecto de las algas que mueve el mar.

Eso sí, cuando su padre la abrazaba, Nzinga sentía dentro del pecho del artesano todas las ramificaciones de sus latidos, los árboles que dibujan árboles en los cuerpos, las raíces que se clavan profundas en los pulmones. Sentía que ella, como una semilla, estaba germinando en el corazón de su padre adoptivo, y que su padre era una espora errante que por fin germinaba en un corazón de niña.

Una mañana de aquellos días, tan ventosa como cualquier otra, Braulio Tercero, pertrechado bajo un inútil paraguas de color lila, llegó oliendo a pólvora y a gasolina al consejo municipal. Llevaba sin lavarse una semana entera, intentando desentrañar los usos de Nzinga. Al sentarse frente al Alcalde comenzó a ponderar la razón sobre la magia y el alcalde, fiel a su costumbre, comenzó a dar cabezadas sobre la butaca. En definitiva, abrevió Braulio… a través de procesos de generalización, deducción y síntesis he llegado a la conclusión que la común característica de los cuerpos negros es la ausencia de luz. Como Nzinga es del género opaco, es inútil escolarizarla porque no podrá aprender en la escuela. Aquellas declaraciones fueron todo un alivio para el maestro.

Cuando los artesanos trabajaban y sus hijos iban a la escuela, Nzinga, vetada de aprender matemáticas, caminaba por la isla, ascendía al volcán y se dejaba llenar de vértigo al mirar cara a cara a su orificio. Le gustaba también bajar a la playa y dejar sus huellas sobre la arena, porque no eran negras ni blancas, las huellas eran humanas y anónimas, podrían ser las huellas de cualquiera. Sus ojos eran tan oscuros que difícilmente se podría distinguir donde terminaba la pupila, donde comenzaba el iris. Parecían mirar siempre al horizonte o no mirar hacia ninguna parte. El mar sobre la playa era como su padre adoptivo, tenía esa ternura incansable sobre la arena.

Nzinga se encontraba a Ramón que pescaba con caña. Se arrimaba a él y observaba lo que hacía, observaba lo que él observaba. Hablaba su mismo lenguaje de silencio. Encontraba las respuestas a sus preguntas en los movimientos de los ojos y de las manos del hombre. Nzinga se acercó a Ramón tantos días que aprendió a pescar y se hizo popular entre los artesanos por los peces de sus cenas. Ramón enseñó a pescar a Nzinga sin cruzar media palabra. Se deleitaron en el placer de la paciencia, y asistieron a la clarividencia del silencio. Los sosegados pensamientos de Nzinga y de Ramón, tras varias semanas de pescar en la playa, iban parejos, como dos melodías que siguen un mismo ritmo.

Cuando se hacía de noche, Nzinga contemplaba la luna que, según cantaban en su remoto pueblo de más allá del fin del mundo, era un agujero de luz en la oscuridad del cielo. A veces lloraba con nostalgia. Porque la luna era la única cosa que era igual entre el inicio y el fin del mundo, lo único que podría estar contemplando al unísono su madre. Ideó que en la cara oculta de la luna estaba su verdadera familia, su verdadera madre, la que entendía el significado de sus bailes. Soñó que tras aquel agujero de luz en la oscuridad del cielo estaba su verdadero padre, el que componía las partituras de todas sus canciones excéntricas.

A veces, como todos en el pueblo, Nzinga oteaba la luna a través de los agujeros de las orejas de Celestina, cuando a la anciana el cansancio del insomnio le vencía todo resto de coquetería y se dejaba olvidados los pendientes. Vislumbrada tras los agujeros de la vieja la luna era más luminosa y brillante y le llenaba las pestañas de lágrimas.

En las reuniones de ancianas, cuando se sentaban a coser de cara al mar, contaban que Nzinga era un agujero sin luz que se había colado en la luminosidad de la isla.

Canta muy mal.- Protestaba Genoveva, una mujer con un lunar que crecía como una barbilla negra sobre su barbilla blanca.

Los artesanos la dejan andar por ahí con esos pelos…- Rezongaba Hortensia, tan alterada ante la maraña de algas que se encaramaba en la cabeza de la niña, que acabó pinchándose un dedo con la aguja y cubrió de sangre la bolsita que tejía para guardar la lavanda.

Celestina se asustaba. Su sensibilidad de anciana la hacía fácilmente impresionable. Las manos le temblaban mientras cosía. Dudaba al introducir el hilo en el agujero de la aguja con la que bordaba un tapete de camelias para la mesa camilla.

Con sus pensamientos que se enroscaban en forma de caracola, Celestina pensaba en el agujero por el que se hacen pasar todas las hebras de lana para confeccionar un pompón. Y automáticamente después pensaba también en el agujero que dejó la hoja en el árbol, que podría ser el ojal en el que se enhebran todos los hilos que tejen su gran copa azul.

Celestina no entendía porqué tenían que llegar a aquella isla personas. Al fin y al cabo aquello era el fin del mundo, no se trataba de ningún inicio. Cavilaba sobre los muchos esfuerzos que consumía entre la población local el solo hecho de encontrar para los forasteros algún cometido en el que fueran útiles.

A veces, cuando Celestina veía a Nzinga, pescando junto a Ramón en la gran playa, una marea de vientos se revolvía en su pecho. Al final de cada tarde Nzinga cargaba sus pescados al hombro, atravesaba el pueblo y ascendía a la falda del volcán, hacia la casa de su padre adoptivo. Ramón rara vez la acompañaba. Sus pies anfibios cada vez le dificultaban más caminar sobre suelo seco y sus piernas se trastabillaban provocándole severas caídas.

Cuando los niños del pueblo veían a Nzinga se quedaban boquiabiertos. En la boca de los niños Nzinga podía crear el vacío, un poder que sólo tienen las incógnitas.

El misterio Nzinga fue metiendo no sólo en Celestina, sino en todos isleños, mucho viento en el pecho. A veces cuando los del pueblo miraban a la niña a esos ojos que no miran a ninguna parte sentían una mezcla de miedo y de rabia.

Nzinga, indiferente a las miradas y los códigos del fin del mundo miraba a la luna. Intentaba recordar las canciones de plenilunio que le compuso su madre. Con el tiempo y la distancia se empezaba a olvidar de las letras y de las melodías que sus padres le enseñaron más allá del fin del mundo. Al pasar de los meses su pequeño cuerpo negro se llenaba más y más de silencio. El alcalde, además, hizo un decreto ley para prohibirle cantar, ya que alteraba los nervios al pueblo. Y Nzinga, poco a poco se fue quedando más huérfana.

La incertidumbre que la existencia de Nzinga provocaba en la isla creó en los isleños abismos por los que se precipitaba la enfermedad de los vientos. Eran como las cavidades de las caracolas por las que se cuela la brisa de mar. Son cavidades pequeñas pero tan enrevesadas que contienen en la suavidad del nácar una cantidad infinita de viento.

Nzinga con su silencio y su oscuridad contagió suspicacias a toda la población del fin del mundo. Al fin y al cabo aquella población isleña siempre había estado tan acostumbrada a las carencias que muy poco sabía de las presencias. No sabían cómo mirar las cosas nuevas, tan poco acostumbrados que estaban a recibir regalos.

Al pasar de los meses, un día, tan ventoso como los demás, Nzinga jugaba al cascayo en la plaza del gran árbol azul. Jugaba sola sobre la rayuela que había permanecido pintada sobre el suelo volcánico generaciones enteras. La copa del gran árbol azul oscilaba al viento como las medusas sobre la superficie del mar.

Ese atardecer, los señores que murmuran por las lluvias no dejaban de quejarse de la inutilidad de la niña, hasta que Ramón, que se liaba un cigarro nostálgico en el banco, les dijo “ella por lo menos sabe esperar cuando sostiene una caña, mientras que ustedes, por charlatanes, se comen los mejillones de lata”. Esa tarde Ramón estaba malhumorado. La médica le había dicho que tendría que operar sus pies de rana. Le había dicho: “Son completamente inútiles para caminar en el asfalto.” El mismo asfalto con que el alcalde se había ocupado de cubrir gran parte de la isla.

Saltando a la rayuela frente a Ramón, Nzinga era indiferente a los comentarios que generaba. Su oído estaba ocupado. El gran árbol azul, oscilando, había arrastrado los vientos que se colaban por su oreja enroscándose en vueltas y vueltas de cartílago, como acertijos que nunca se resuelven. Dentro de su cabeza de repente resonaba la voz de su madre con melodías que creía olvidadas.

Una brisa procedente del árbol parecía contener las canciones de plenilunio, los conjuros al mar, los ritos de amor y los exorcismos del odio. El corazón de Nzinga, sobre la rayuela, latía al ritmo de la música de tambores.

Nzinga volvió varias tardes. Dejaba sus pescados reposar sobre un banco de la plaza y jugaba al cascayo bailando las viejas melodías de sus padres. Apenas percibía los murmullos, quejas y lamentos de los señores que refunfuñaban por la lluvia y por la extranjera en la plaza. Rara vez observaba a la anciana Celestina, que todas las tardes miraba a un lado y a otro como la Pantera Rosa y subrepticiamente obsesiva se colaba bajo el gran árbol.

Celestina permanecía durante horas bajo el gran árbol chino, mirando la bóveda de su copa, donde se reflejaba toda la tierra y cada una de las relaciones y posiciones que ésta contiene.

Celestina, cuando estaba en su casa haciendo ganchillo, rodeada con sus tradicionales tapetes, manteles y bordados, pensaba que mientras siguiera así, como siempre y sin alterarse, el fin del mundo tendría un cierto sentido. Pero cuando permanecía bajo el árbol azul cambiaba de idea. Bajo el gran árbol podía contemplar la perpetuidad de la inquina; y pensaba que si no cambiaba algo de un momento a otro, el mundo, como un viejo reloj inútil, terminaría parándose.

Celestina contemplaba impotente los equilibrios que hacía la clorofila azul sobre las ramas. La clorofila caminaba temeraria y sin red sobre las cuerdas flojas en las que se batían en duelo la atracción y el resentimiento.

Una tarde, cuando ya tardaba siete meses y cinco días en llover, Celestina vio por primera vez al gran árbol moverse. Salvo el incidente que provocó el vuelo de la hoja y la presencia del agujero, nunca antes aquel entramado de nervios de celulosa y flores germinadas había alterado su forma. Por eso Celestina creyó estarse mareando al ver a la copa desplazarse como una esfera sobre la que se mueven cientos de agujas de reloj.

Las hojas circulaban lentamente, cambiando su latitud y altitud a una velocidad difícil de percibir por una pupila inquieta, pero fácil de apreciar para los ojos de Celestina, ancianos, templados y acostumbrados al paisaje del envés del árbol. Las ramas del árbol se descomponían y se recomponían como las constelaciones de estrellas en el firmamento a medida que avanza la noche. Y a medida que los tallos se desconectaban y conectaban, en los oídos de Celestina sonaba tímidamente una música, que era sutil como el viento, pero que marcaba el ritmo en que el gran árbol azul se transformaba.

Después de más de cincuenta años de insomnio, la anciana Celestina, terca, solitaria y con el pelo en forma de caracol, por fin descubría cómo se puede transformar el árbol que contiene al mundo. Por fin.

Cuando salió del árbol, aunque ya era noche cerrada, algunos señores seguían en el banco murmurándole a la nube que se cierne sobre el volcán. Quejándose porque siempre envolvía al fin del mundo con sus vientos, mientras lo despojaba de toda lluvia.

Sobre la vieja rayuela aún saltaba Nzinga tarareando sus músicas discretamente. (Tras el decreto ley del alcalde tenía que andarse con mucho cuidado). La vieja la miró absorta. Cantaba el mismo ritmo, la misma melodía: la que era capaz de alterar la orientación de las sinapsis que unían las hojas, las esporas y las protuberancias del gran árbol azul.

Nzinga también contempló absorta a Celestina. Bajo la caracola de sus orejas se abría un agujero por el que se asomaba la luna, brillante, como la de la noche en la que su madre se despidió de Nzinga, más allá del fin del mundo. La tapó en una barca y cantó las músicas que hacen que el mar avance. “No vuelvas hasta que no dejen de buscarte.”

Celestina caviló que Nzinga quizás fuera un demonio y se le llenó el pecho de viento. Caviló entonces que quizás el árbol fuera demoniaco, porque sólo él entendía las extrañas melodías de la niña negra y bailaba al son de ellas. Caviló entonces que quizás el mundo fuera un lugar maldito si es que estaba resumido en un árbol malvado. Los pensamientos de la anciana, tercos y solitarios, se enredaban como caracolas camino de su casa.

Al llegar a casa, Celestina quiso tener alguien con quien hablar, con quien quejarse de la niña negra. No podría decirle que la niña negra conseguía con sus canciones cambiar el destino del mundo, pero si podría quejarse, por ejemplo, del pelo de Nzinga y de su forma de anémona en el mar. O de su padre borracho.

Pero estaba sola. El hijo de Celestina tardaba en regresar de alta mar para llenarle toda la casa con su olor a sal.

Celestina remendó su ropa y esa noche alargó su insomnio. Estuvo sin dormir hasta al alba y al ver el sol salir más allá del Roque de Lobos decidió no insistir más en sus plegarias a la fase REM y a la efectividad de los somníferos. Se desperezó y se puso su bata. Al salir al zaguán de la casa sus párpados se achicaron ante el sol como los moluscos cuando los rozan ásperamente las olas.

En la playa, Celestina contempló una cama de algas sobre la arena. Había algo extraño en el amanecer de aquel día, como cuando un niño aguanta durante unos segundos la respiración al descubrir que sobre el aire flota un misterio.

Esa mañana Braulio Tercero terminó de reparar sus molinos, los que destilaban el agua del océano. Y sin embargo, las astas de molino no se movieron.

En la mansión de la gran playa, el alcalde miró la hilera de palmeras que el Doctor Braulio plantó sobre tierra africana. Estaban como si se hubieran dormido de pie, profundamente quietas.

Ramón pasó todo el día con los pies enterrados tan abajo en la arena de la playa que pudo sentir el calor del magma moverse como una serpiente bajo los dedos. Y sin embargo, a pesar de quinientos veinticinco minutos de silencio, no pescó ningún pez con su caña.

Esa tarde los señores de la plaza se asombraron al no ver en el cielo la nube que siempre rodeaba al viejo volcán y que les había procurado tan poca lluvia. Cuando Nzinga se fue a saltar al cascayo, no pudo oír las voces de sus padres ni los cantos.

Ese día el viento dejó de silbar.

Los marineros que bordeaban el Roque de Lobos no escucharon los aullidos de sus grutas, los que alimentaban las leyendas. Los alaridos del viento en las cavernas del roque habían cesado. La imaginación marinera, que tiene sus propios miedos, igual que tiene sus propios dioses, se quedó ciega.

El mar tenía una calma tensa, como si pudiera pasar de todo, o como si ya no pudiera pasar nada. Como si fuera el inicio del mundo o como si fuera el fin más último.

Cuando el día en que el viento dejó de silbar, la médica auscultó los pechos de los enfermos, no escuchó latidos sino la brisa del mar. En vez de su estetoscopio, parecía estar escuchando una caracola.

Las enfermedades de los vientos habían secuestrado en el interior de los isleños, a fuerza de frustración, de miedo y de ira, el último movimiento de aire. Con su último pánico, el que despertaba Nzinga, todo se movía en el interior de la gente, pero en la isla ventosa no se movía nada.

A los pocos días sin movimiento en el aire, los bancos de los peces en el mar con la falta de corrientes cambiaron de ubicación, y los marineros, que perdieron su pista, desembarcaron con sus redes vacías en la isla del fin del mundo. Al rato de estar en tierra firme ya tenían la mirada perdida. Confundidos por la enfermedad de los vientos y poco acostumbrados al estruendo del llanto de sus hijos se volvían irascibles y gritaban a sus mujeres. Las mujeres, que acumulaban enfermedad de los vientos, la de ellas y la heredada de sus madres y abuelas, hablaban con sus hijos sólo de miserias. Y los niños corrían nerviosos. Solo conseguían imaginar que sostenían pistolas en sus juegos. Solo sabían jugar a la guerra.

A las pocas semanas, los campesinos se personaron en el consejo municipal para quejarse de que las semillas y las esporas errantes no volaban a sus huertos.

A Ramón, la falta de peces en la gran playa, le hizo tener que operarse los pies para poder atravesar el camino asfaltado que iba de su casa hacia el supermercado.

Braulio Tercero se sumió en profundas cavilaciones sobre el significado de la falta de corrientes en la isla. “Nzinga es el hueco por el que se nos ha escapado el último viento.” Dijo el inventor en la Alcaldía al cumplirse dos meses de la quietud del aire.

Nzinga debía prepararse. La voz de que ella era la culpable de la falta de peces, de la falta de aliento en el aire, se extendió como una llama en paja muy seca. Además, tras la falta de viento, al percibir el ánimo alterado en el pueblo, el artesano que adoptó a Nzinga, con su labilidad de carácter, estaba borracho casi todos los días. Cuando llegaron las hordas del pueblo a la casa comunitaria no pudo defenderla. Nzinga se escapó por un ventanuco y salió corriendo por un mar de lava solidificada. Los isleños la perseguían con varas. Querían que les devolviera el viento. Sorteó las grietas, los promontorios y las cavidades que se horadaron bajo el volcán y terminó arrinconada en la plaza del pueblo.

Ramón, con sus recién estrenados pies humanos, estaba sentado en el banco de la plaza abriendo una lata de mejillones. Vio pasar corriendo a Nzinga, perseguida por una jauría de ciudadanos del fin del mundo; pero no se levantó para defenderla.

La arrinconaron contra las ramas del árbol azul. La increparon en un idioma que ella no entendía. Dos tocayos llamados Clemente la sujetaron del brazo hundiendo sus pulgares más allá del hueso. Una mujer llamada Consuelo la gritaba enfurecida. Pero tras un rifirafe de unos segundos, de repente, la niña negra desapareció. Los hombres que la asían se quedaron con las manos vacías, y Consuelo permaneció absurdamente gritando al aire. El círculo de isleños ya no rodeaba nada más que las densas hojas azules del gran árbol que llegó de la China. La buscaron alrededor del árbol, bajo los bancos y en las calles aledañas a la plaza, hasta que pasada una hora, el percibir de nuevo una ligera brisa de mar en el aire les calmó la furia y se fueron dispersando.

Celestina, que había escuchado la persecución desde dentro del gran árbol azul, había levantado una rama para deslizar a Nzinga dentro. La había empujado hacia la cavidad del árbol y rescatado así de sus perseguidores. La anciana, a pesar de sus suspicacias, pensó que si la niña sabía las canciones que cambian el curso del mundo podría ser un demonio con igual posibilidad que un profeta. Además, después de más de cincuenta años en los que solo llovió ciento cuarenta y tres tardes, era la única que sabría cambiar ese mundo.

La niña negra se aferró a las caderas de Celestina aterrada y casi hizo a la vieja caerse. La anciana le dijo secamente “Canta tus canciones, puedes cambiar tu destino y también el de ellos”. El gran árbol azul esperaba inmóvil.

Pero pasó un rato hasta que Nzinga consiguió dejar de llorar, desasirse de Celestina y volver a abrir los ojos. La niña negra contempló atónita la inmensidad del mundo reflejaba en aquel árbol de color azul. Su madre le había enseñado las canciones que apaciguan los malos aires y transforman los senderos. Pero no recordaba las canciones y el viento, que era el único que podía chivárselas, lo guardaban con celo los isleños bajo el esternón.

La niña estaba muy pálida. Por el susto pero también por la luz blanca que se deslizaba por el agujero, el que dejó la hoja en su ascenso hacia el cielo el día en que Nzinga desembarcó en la gran playa. Era la luz de la luna. Nzinga se quedó contemplando el satélite a través del árbol. Temblaba.


Celestina llevaba tantos años hipnotizada bajo el árbol azul, tentada con la posibilidad de alterarlo. Se impacientaba. Pero Nzinga no cantaba, tiritaba de miedo. Algo en aquella luz blanca la embrujaba y mecánicamente comenzó a dar saltitos hasta tocar con la punta de sus dedos el hueco. Saltó alto, muy alto, urgida por el pánico más absoluto, por el deseo de alcanzar la luna, de ver de nuevo a sus padres. Saltó tan alto que llegó a introducirse por el hueco. Y entonces, frente a los ojos asombrados de la vieja Celestina, se zambulló por el agujero de globo que sirve para hinchar el mundo y desapareció.

La niña, lejos de alterar los destinos del mundo y del fin del mundo, había desaparecido. En su lugar, la copa del árbol permanecía intacta. Desde la cavidad sombría del árbol azul ya no se veía el agujero. No se veía el hueco que dejó la hoja en su vuelo incansable hacia el cielo. El hueco lo cubría ahora la misma hoja, la que se desprendió, la que estaba llena de esporas y corpúsculos, con el entramado de venas que dibujan árboles en los árboles.

Celestina caminó hacia casa decepcionada. Había perdido la oportunidad que llevaba esperando mas de cincuenta años. Sintió de nuevo la brisa de mar sobre su cara, ajada por las mil arrugas, las que dibujan árboles en la cara de todo el mundo. Sus pensamientos, como siempre daban vueltas y vueltas, como el nácar en las caracolas de mar.

Pensó que igual que los suizos son expertos en maquinaria de relojes, algunas otras personas más allá del fin de mundo quizás supieran los secretos que mueven la maquinaria del gran árbol azul. Pensó que esas personas quizás pudieran introducirse bajo la inmensa cantidad de árboles azules que hay en la China y alterarlos con sus canciones ininteligibles. Caviló que ella, la anciana Celestina, sería alguna hoja seca de algún árbol de la China y que tenía tantas posibilidades de que un oso panda se la comiera como de que una niña negra la lanzara incansable hacia el cielo.

Celestina, con los lóbulos de sus orejas moviéndose como péndulos de relojes de pared, pensó que en una tierra redonda el fin del mundo puede ser el mismo lugar que el inicio del mundo. Y que solo una cosa podría transformar la isla del fin del mundo en la isla del inicio: la ausencia de miedo.

sábado, 1 de octubre de 2011

La Señora (Basado en hechos reales)

Me llaman Rochom P’ngieng y soy la mujer más famosa de Camboya. Una auténtica celebridad. Soy la que siempre intenta escaparse y la que siempre está encerrada.

En dos mil siete recuerdo haber visto por primera vez a mi padre. Fue en el bosque de los árboles que respiran cielo, cuyas descomunales raíces desplazan, difuminan y digieren toda marca de frontera, las que se empeñan en trazar entre Vietman y Camboya como si la jungla pudiera tener dueño. Llegó borracho y vestido de policía. Hablaba un lenguaje que no entendí y me llevó a un hogar ajeno, que es un barracón anegado por un patio de basuras húmedas y selva ensuciada.

Aquellas primeras semanas llegaron a visitarme más de veinte periodistas. Llevaban pequeños cuadernos y cámaras de fotos inmensas. Me denominaban la última niña salvaje y escribieron sobre mí en la Wikipedia y en la Lonely Planet. Porque caminaba a gatas, murmuraba un idioma misterioso y miraba el bosque con ojos nostálgicos. Dicen que mis ojos siempre fueron de desolación, que es una tristeza que se sabe a si misma sin cura.

En aquel momento me convertí en una celebridad, porque mi mudez fue su oportunidad para construir la historia que les hubiera gustado. Dijeron que había pasado veinte años en la selva, sobreviviendo por pelearme dando zarpazos (a pesar de que mis uñas estaban muy cortas), sobreviviendo a base de animales muertos (a pesar de que nunca me gustó la carne cruda), sobreviviendo por el hábito de la independencia (a pesar de que sigo esperando un abrazo). Me incluyeron en todas las enciclopedias. Y eso que todos los periodistas, los aventureros, los fotógrafos y los escritores, vieron las llagas de mi muñeca, las de las cadenas que aún me sujetan.

Como la historia oficial decía que era una niña salvaje, medio humana medio animal; mi padre policía superó su trauma bebiendo el dinero que le dieron para ayudarme y yo me acostumbré a dormir en el tendejón del gallinero, que es como la caseta de un viejo perro.

Como mi idioma era demasiado idiosincrático para entenderlo, todo el mundo se acostumbró a llamarme por nombres que no eran el mío. De entre todos sus nombres, el que más me gustaba era el del educador voluntario. Me llamaba la Señora. Me desataba las cadenas de la muñeca, me sacaba del tendejón del gallinero, me duchaba, me vestía y me sentaba a la mesa. Ese mismo educador que llevaba años intentando convencer a mis padres policías de que me liberaran. A mis desesperados padres policías que se declaraban angustiados por lo difícil que era civilizarme. Ese mismo educador que un día pareció dar un respingo, cuando me vio dibujar bellas figuras humanas. Las bellas figuras humanas que siempre sonríen y bailan. Incluso mi familia policía, tan iletrada, pareció dar un respingo al ver esos hermosos dibujos. Como si la belleza pudiera delatarles. Mi pobre familia policía que nunca fue a la escuela. Desconocía que era posible dibujar belleza. Dio un respingo mi hermana policía, cuyo mayor desarrollo artístico son las tres horas que pasa al día arreglándose las larguísimas uñas de sus pies, que desdicen con sus chanclas de goma, con sus talones tan sucios.

Yo, la mujer más célebre de Camboya, dibujaba infinidad de bellas figuras humanas. Lo hacía insistentemente como si eso algún día pudiera delatarles tanto que alguien se atreviera a liberarme. Hasta que cuando casi me matan de nuevo, perdí toda capacidad para el dibujo. Porque soy la que siempre intenta escaparse y la que siempre está encerrada.

La crueldad humana, que según dice el educador voluntario, tiene una creatividad depravada cuando se sabe impune, me sumergió durante once días en el fondo de una letrina. Yo no recuerdo que hacía en el fondo de esa letrina. Sólo recuerdo que esperaba. Esperaba que viniera a rescatarme quien me enseño a dibujar bellas figuras humanas, las que siempre sonríen y bailan. Esperaba a alguien que yo ya no recordaba quién era. Sólo recordaba que era el mismo al que esperaba en dos mil siete, en el bosque de árboles que respiran cielo, cuando abandoné algunas otras cadenas.

Es el mismo al que espero ahora aunque ya no pueda dibujar de nuevo. Porque el que llegó a la letrina fue mi padre policía diciendo que había sido un accidente, diciéndole a los periodistas de pequeños cuadernos y cámaras de fotos inmensas que me había caído cuando corría para volver a la selva. Porque yo era una niña salvaje que siempre estaba intentando huir a la selva.

Y es verdad que a veces aun me queda algo de rabia para intentar escapar de nuevo. Nadie sabe cuantas veces ya lo he intentado. En todas ellas me han vuelto a cazar de nuevo. Porque mi familia es policía y los buenos policías a quien no quieren, lo retienen.

Ahora mis cadenas son mucho más cortas, aunque como soy una celebridad llega a visitarme mucha gente. Quizás por eso mi hermana policía se pinta tanto las uñas, porque casi cada semana llega a visitarme alguien, algún ingeniero de una organización de caza y pesca, los del banco celebrando la inauguración de una nueva sucursal, los miembros de una orquesta para hacerse una foto conmigo: turistas de pequeños cuadernos y cámaras de fotos inmensas. Y aquella mujer. Una física nuclear que investigaba fuerzas. Lloró cuando tuvo que pagarle a mis padres para poder desatarme, para poder darme de comer, para poder pasearme un rato. Lloró porque sabía que por la fuerza de la inercia yo volvería al gallinero cuando ella se fuera. Volvería sola y me ataría a mí misma de nuevo. Esa turista física nuclear que se preguntaba cuál es la naturaleza de la fuerza que mantiene el mundo como un lugar tan injusto, si es la violencia o la desidia.

sábado, 24 de septiembre de 2011

HO CHI MINH 14 (Basado en hechos reales)

Aquel Agosto lluvioso, cuando comenzamos a adentrarnos en la selva, difícilmente podríamos imaginarnos que nuestra expedición acabaría con un suicidio. Ahora me cuesta recordar porqué me apunté a aquella aventura descabellada; por qué me animé a una expedición de diez días en pleno monzón precisamente por la ruta Ho Chi Minh 14 de la que no había reporte de haber sido transitada desde la guerra del Vietnam, hacía más de veinticinco años.

Llegamos desde Phnom Penh a Ratanakiri en una avioneta dudosa, con un piloto de ropas polvorientas y pasos nada firmes. Taburetes de plástico colocados en el pasillo permitían acomodar al pasaje de overbooking. Tras lidiar con severas turbulencias en un cielo encapotado aterrizamos esforzadamente en la pista de Banlung. Allí nos recibió Sopheap con su inglés entrecortado. Era nuestro guía jemer, un hombre bajo y atlético que siempre vestía de negro. Nos adelantó algunos detalles sobre la logística en nuestra ruta. A pesar de la sonrisa que nunca se ensombrecía, sus ojos parecían intranquilos. En un todoterreno, tardamos casi un día entero en llegar al distrito de Andoung Meas. El monzón había horadado tanto el camino que Sopheap y el chófer se tenían que apear de vez en cuando y atravesar el camino con tablones improvisando pequeños puentes para salvar los orificios.

Andoung Meas era apenas un pueblo, solo una fila de casas o tendejones de madera alrededor del barro del camino en la última frontera de Camboya, cerca de los ríos de oro del Vietnam. Había una tienda en la que no parecían vender nada y un puesto de comidas donde una mujer vestida con harapos revolvía somnolienta una sopa negra de bambú. Allí se nos unirían los tres guías indígenas, de los que nunca llegué a saber a qué tribu en concreto pertenecían, si hablaban el mismo idioma o apenas se entendían entre ellos. Hablaron poco durante toda la expedición. Solo respondían a órdenes muy concisas de Sopheap en jemer. Quizás fuera ese ostracismo el que les permitió fumar tabaco verde empedernidamente mientras caminaban ágilmente grandes distancias.

Tras descolgarnos por el precipicio en el que abandonamos el Land Rover y cruzar las motocicletas sobre canoas por el río Se San, comenzamos el primer día de expedición en la jungla. Ese día, cuando los guías comenzaron a ofrecer sacrificios para conjurar los espíritus del tigre a nuestro paso, ya empecé a cuestionarme a dónde nos conducíamos y porqué me había unido a aquel viaje con gente tan extraña.

Yo había llegado a Camboya pocos meses atrás para investigar en la universidad nacional sobre la psicología budista. Era un propósito completamente ateo el de rescatar las partes de una religión que le podrían servir a la ciencia. Y sin embargo estaba en aquel camino en el que me untaban la hamaca con especias para que los fantasmas de alguna religión tribal me dejaran dormir de noche.

No entiendo porqué me adentré a la selva con Antonio, que era un compañero de trabajo pusilánime y carente de espontaneidad. Siempre asistía a los eventos culturales y amonestaba a quien levantaba la voz entre el público. Era una persona que jamás parecía haberse apasionado por nada. Cuando los guías desbrozaban la maleza a nuestro paso con largos machetes, Antonio se esforzaba escrupulosamente en cubrirse la cara temeroso de que las sanguijuelas desangraran sus mejillas. Y eso que probablemente serían los primeros besos que recibía en bastante tiempo.

No entiendo porque me sumergí en ese mundo de humedad asfixiante donde es tan difícil atisbar el cielo con mi compañera de piso, Adela, que al contrario que Antonio, era espontánea, muy atractiva y divertida. Y sin embargo tenía tanto carisma que a veces se volvía caprichosa, abusiva. Quería mudarme hacía meses pero su arrolladora simpatía me impedía reconocérmelo.

El japonés que dirigía la expedición estaba enamorado de ella. Quizás por eso nos invitó a todos a acompañarle. Tras haber presentado en la facultad de antropología de Camboya una colección de fotografías de las historias gráficas talladas en calabazas por las mujeres Tompoun, la cooperación alemana le financió esta nueva expedición. Aunque nunca fue claro con nosotros sobre el motivo del viaje nos adentramos convencidos de que haría algún estudio sobre el arte indígena. Y eso que la cartografía sólo mostraba una infinidad de árboles que exudaban pesadamente su savia entre telas de araña. Los mapas no mostraban poblado alguno en nuestra ruta, sólo un lugar tan ignoto que únicamente había sido transitado para huir de la guerra.

No entiendo porque inicie una expedición con Angreac, que no dejaba que los guías llenaran de ungüentos su hamaca convencido de que eran prácticas demoníacas. Antes del amanecer, cada mañana, ante el jolgorio de los insectos gigantes que alborotan la selva, Angreac se levantaba para rezar maitines. Era un hombre salido de otra época, que no sabía muy bien como había llegado a nuestro grupo de amigos, como soportaba cuando bebíamos ginebra en el River Side de Phnom Penh donde prostitutas adolescentes se paseaban provocativamente. Quizás estaba imbuido por un espíritu religioso tan profundo que era capaz de transigir con cualquier escándalo. En cualquier caso pasaba más tiempo con su otro grupo de amigos, el de los misioneros ultraortodoxos que aún intentaban convencer al pueblo camboyano de ingresar al catolicismo.

Nunca entendí qué hacía en aquel viaje Sam, el estadounidense, quién lo había invitado. Hasta entonces ninguno parecía conocerle. Era sin duda un hombre de naturaleza intrépida y mostraba profundo interés en los viejos mapas de batalla que nos guiaban. Por su manera de caminar, autosuficiente, y sus aires de seductor, supuse que era una persona con cierto descaro. Por la cantidad de preguntas que hacía a Sopheap y al japonés, imaginé que había en el propósito de su viaje algo más que la mera aventura. El primer día de ruta ya mi intuición disparó una casi imperceptible señal de alerta.


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El segundo día de viaje descubrí a Sam mirando los árboles y haciendo pequeñas anotaciones en un cuaderno. También recogió algunas muestras de tierra durante el camino. Hizo algún vago comentario sobre un amigo geólogo. Pero me parecía alguien demasiado vividor para tener contactos en el mundo académico. Esa tierra roja que recogía le teñía las uñas, las yemas de los dedos. Era la misma tierra roja que se impregnaba indeleble en nuestro cuerpo, en nuestra ropa, en las mochilas; el barro rojo que ensuciaba la selva, que teñía los arroyos de naranja, oscurecía el color clorofila de la yerba y hacía las colinas vertiginosamente resbaladizas.

Ese día, a media tarde una tormenta nos cercó entre la maleza. Fue tras varias horas de lento viaje en moto, al ritmo del machete que nos abría el paso. Nuestros cuerpos y nuestras ropas estaban empapados por el sudor. El camino Ho Chi Minh 14, marcado por las rodadas de viejos camiones de guerra, había quedado escondido entre matojos, lianas y troncos. Era difícil redescubrirlo. Buscando ese trayecto de guerra en la más profunda soledad de la selva nos estremecieron los rayos que iluminaban el cielo como en las antiguas escenas bíblicas, los truenos que retumbaban como temblores de tierra. Los guías comenzaron a murmurar melodías mientras la electricidad se descargaba a pocos metros de distancia. Con nuestra cabeza al raso entonaban canciones que sonaban como mantras, lamentos viscerales que me hicieron temblar de miedo. Solo Angreac se mantenía sereno y se acercó a mí para confortarme. Una vez me había dicho que para él cada minuto de vida era una prueba de fe. La existencia a su juicio era algo de tremenda importancia. Sentí esa solemnidad de nuevo aquel día cuando trataba de apaciguar mi pánico contándome parábolas cristianas. Su seguridad en que alguna suerte de dios todopoderoso estaba protegiéndonos, a mí, una agnóstica en la jungla, consiguió tranquilizarme.

Mientras tanto Adela y Sam hacían bromas y se reían nerviosamente bajo el chubasco. Antonio se ajustaba el alerón de un diminuto sombrero y amonestaba a Sopheap por no haber previsto esta tormenta, y al menos montar las tiendas. El japonés llevaba un rato rebuscando en su mochila cuando sacó un ingenio que se extendió sobre nuestras cabezas y nos mantuvo a cubierto. Era como una especie de paraguas gigante, que doblado apenas ocupaba el espacio de un chubasquero. Mas tarde descubriríamos que llevaba multitud de artilugios como este, ingeniados para cada posible imprevisto: en cada uno de sus bolsillos, de sus mochilas, de los alerones de su sombrero. Era aficionado a toda tecnología. Cualquiera diría que consumía tanta creatividad por no confiar en la suya. Porque su manera de vestir era muy convencional, y su manera de comportarse, a veces, demasiado correcta. Adela me había contado que cuando había expuesto sus historias de vida en calabaza le habían acusado de taxonomista, no de antropólogo. Porque nunca llegó a teorizar, hipotetizar o concluir sobre nada en concreto. Incluso su padre, un industrial que hacía negocios de caucho con Camboya, había asimilado la carrera de su hijo a la de un coleccionista. Pero Adela se había quedado prendada de las historias de las calabazas. Ella era artista plástica, sólo buscaba belleza, no significados.


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Hasta el tercer día Adela parecía aún querer disfrutar del viaje, de la naturaleza y de la compañía masculina. Pero es difícil disfrutar una vegetación tan amenazante como la de una selva cerrada, en la que apenas se ven pájaros o estrellas. En aquel paisaje sin armonía los árboles lloraban pestes y las hojas estaban manchadas de barros y venenos. Cuando Sam y el japonés se enfrascaban con sus mapas, a Adela le faltaba la atención a la que estaba acostumbrada, por eso al final del tercer día comenzaba a aburrirse, a incomodarse, a enojarse. Aunque durante cinco minutos al día intentaba practicar algunos ejercicios de yoga que le había enseñado un gurú indio recién llegado a la capital, Adela tenía poca capacidad para la soledad, poca paciencia para la reflexión o valentía para enfrentarse a sí misma en la introspección. Por eso comenzó a molestar a Antonio. Al principio con sutiles comentarios. Luego con ataques más abiertos. Hacía sorna de sus camisetas con cuello, demasiado elegantes para la selva, o de sus escrúpulos al beber la bebida colectiva. Hizo el comentario de que quizás no debería beberla si respingaba la nariz tan asqueado.

Mientras, yo me obsesionaba. Quería saber hacia donde nos adentrábamos. En aquel lugar no había rastro de poblado alguno. Ni en los mapas que revisaba el japonés ni en los que se esforzaba en dibujar Sam. No aparecía un poblado indígena en kilómetros a la redonda. No entendía qué hallazgo antropológico buscábamos en un desierto de selva. Solo encontrábamos rastros de guerra, un camino desdibujado, algún agujero con piezas oxidadas de algunas armas. Cada vez que posaba el pie temía por los escorpiones negros, por las cien clases de serpientes sin antídoto. Cada vez que posaba el pie temía por las minas antipersona.

Aquel lugar no me gustaba, no me evocaba ninguna imagen buena, solo las de aquellas sórdidas películas de la guerra de Vietnam en que las personas se desangraban solitaria e irremediablemente. Me arrepentí de no haberme traído suficientes medicinas para la malaria, sobre todo cuando uno de los guías enfermó de fiebre y le tuvimos que dejar una moto y toda nuestra provisión de malarone. Quedó temblando en su hamaca, colgada entre dos árboles cualquiera del bosque. En cuanto se recuperara tendría que volver solo a Andoung Meas.

Me arrepentí de no haberme atrevido a preguntarle claramente al japonés a dónde nos llevaba.

Esa noche, mientras Antonio se mostraba aún más molesto de lo habitual, y esperábamos de nuevo arroz con bambú para cenar, Sopheap trataba de colgar mi hamaca demasiado cerca de la suya. Por eso me acerqué a Angreac. Él me hablaba de invenciones mitológicas, de futuros predestinados como el reino de dios en la tierra, un lugar de justicia social y ausencia de miedos. Estaba tan convencido de la existencia de sus propios fantasmas que no transigía con los fantasmas de los demás. Se reía de los malos augurios que insinuaban los guías por la noche, se ofendía con las oscuras premoniciones de Sopheap, con los temores del japonés, con las inquietudes de todos nosotros.

A veces no sabía si estaba ante un hombre de espíritu elevado o un obsesivo lunático. Era extraño un hombre que necesitaba creer de manera tan vehemente en un dios tan poderoso. No sabía si era un valiente o un completo cobarde. Y sin embargo en aquel viaje era la única persona que me transmitía entereza. El resto dudábamos demasiado y nos desvelábamos de noche cavilando miedos. Angreac tenía un aplomo atrayente y unos ojos especialmente seguros e intensos. Ese día me miró con especial ternura y por la noche se durmió acariciándome el pelo.


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El cuarto día la vegetación se hizo tan densa y el camino tan irregular que tuvimos que abandonar las motos y seguir andando. Adela estaba realmente enfadada. También Sam, al que ya no le cuadraban los mapas. Vengaban su malestar con Antonio, que aunque al principio se había molestado enormemente con sus zarpazos, finalmente parecían no importarle. Incluso dejó de quejarse tanto y pareció adaptarse. Caminaba tras Sopheap, concentrado en el camino. Ahora, mientras Adela y Sam estaban exhaustos, Antonio apenas sudaba. Su expresión, que antes era irritada, ahora mostraba suficiencia. Se diría que conocía algo que el resto desconocía.

El japonés no hablaba y mantenía la mirada fija en el camino. Esta vez Sopheap si estaba realmente preocupado. Nos enfrentábamos a la soledad más rotunda, que es probablemente la que se evidencia cuando se teme a la muerte, la que te hace inequívoco el hecho de que la vida es algo prestado. Hasta nuestra mente nos empezaba a resultar un ente ajeno. Porque sentíamos cosas que nunca habíamos sentido y pensábamos de ciertas maneras que nos asustaban. Comenzábamos a estar perdidos.

Caminamos con pesada dificultad por la ardiente humedad que pegaba las ropas a nuestro cuerpo. Y por las ramas y hojas hirientes que se tendían hacia el camino. Estaban plagadas de espinos y nos desgarraban el cuello, los brazos, a cada paso. Sam tenía tantas yagas en los pies que le hacían cojear, y el japonés, aunque cargaba un botiquín con remedios para cualquier tipo de peligro, tenía una herida en un brazo que no conseguía cerrarse. Yo estaba tan cansada que a veces sentía que mi corazón se iba a parar, detenerse en el camino mientras los demás continuaban andando.

Esa noche Sopheap volvió a colocar mi hamaca muy cerca de la suya y a tratarme con cierto favoritismo, porque me deslizó en el plato el último pedazo de carne que teníamos en despensa. Pensé que quizás yo había sido demasiado amable con él y no estaba acostumbrado a la atención de una extranjera. Creí que me había malentendido. Descolgué mi hamaca y la coloqué en un árbol junto a la de Angreac. Esa noche me aferré a él con tanta fuerza como él se aferraba a su fe. Fue lo más cerca que estuve de ser creyente.

El japonés se había metido en sí mismo hacia días, quizás cuando se dio cuenta de que estábamos casi totalmente perdidos y toda la expedición le culpaba. Sin embargo, a la mañana siguiente nos juntó a todos alrededor de un mapa. Parecía no haber dormido en toda la noche, con un foco encendido bajo su mosquitera. Nos enseñó otro viejo mapa, otro mapa de la guerra, y nos señaló un punto. Uno de los guías lo miró con atención y asintió con la cabeza. - Quizás sea un pueblo indígena,- tradujo Sopheap - quién sabe de qué tribu.-


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El quinto día Antonio parecía un asceta. Caminaba ágil, al contrario que Adela que arrastraba los pies y seguía enojada. Sam también. Se volvieron contra el japonés por conducirnos a aquella encerrona. No se creían que hubiera pueblo alguno a varias horas de camino. Dijeron que si no encontraban huella humana en el camino, se darían media vuelta por la tarde. Era un plan descabellado. A pesar de que nuestros guías habían desbrozado el camino serían al menos tres días de viaje de vuelta a Andoung Meas. Y con el desayuno se nos había acabado toda nuestra provisión de comida.

Sam y Adela también la emprendieron con Angreac, sugirieron que no estaba demasiado cuerdo. Y es verdad que la religiosidad de Angreac había llegado casi al delirio, no hacía más que hablar de Jesucristo o citar la Biblia. Yo sin embargo le seguía de cerca y le consideraba la única persona fiable, la que en caso de necesidad no me escatimaría el agua, me mentiría en la ruta o atacaría mis debilidades. Deseaba que me hablara con la dulzura con la que se dirigía al mundo. Aunque a él le costaba tocarme, y su represión religiosa a veces atenazaba sus abrazos, yo esperaba siempre que se acercara, especialmente cuando después de aquel ruido seco entre los árboles, los guías se inquietaron. - ¿Es algún felino? - le pregunté a Sopheap. Él me dijo muy serio - Algo nos sigue desde hace días. Por eso quiero que duermas junto a mí, porque los indígenas me han dicho que te sigue a ti.-

No quise asegurarme si era una suerte de broma de humor negro camboyano. Aceleré mi paso y no volví a dirigirle la palabra. Al atardecer di gracias a no se qué dios cuando atisbamos las primeras casas de madera y palma de alguna tribu.

Al llegar al centro del pueblo, construido en redondo alrededor de la casa comunal, del pozo del agua, dejamos nuestras mochilas y nos tumbamos sobre la yerba. Era la primera vez en días que podíamos sentarnos sin temer a las alimañas. Las personas del pueblo tardaron varios minutos en salir de las casas, y cuando lo hicieron caminaron despacio hacia nosotros. Algún guía murmuró algo, Sopheap se dirigió a ellos en jemer y Sam nos sorprendió farfullando vietnamita. Sin embargo nadie parecería entendernos. Nos rodearon con miradas curiosas. Vestían con tiras de telas de colores, como tradicionalmente había vestido el pueblo Jerai, antes de que el libre mercado llenara sus poblados de ropa china. Sin embargo no parecían responder a lenguaje tribal alguno. Casi todas eran mujeres, con algunos niños colgados de sus pechos, de sus brazos. Supuse que los hombres estarían trabajando en las granjas. El japonés señaló el pozo de agua y un cesto de arroz recién lavabo que estaba junto a las altas vigas de una de las chozas. Hizo el gesto de intercambiarlo por parte de su botiquín, pero los indígenas lo rechazaron. Nos dieron de comer y de beber gratis. Nos albergaron en la casa comunal, donde los niños se arremolinaban, nos tocaban, nos acariciaban, nos examinaban.

Bebí al menos un litro de té. Habíamos pasado los últimos días bebiendo fango hervido, que era como Adela llamaba a aquel café con agua tan turbia que elicitaba las nauseas.

Al final de la comida nos ofrecieron vino de arroz en una gigantesca tina. Mientras sorbíamos el vino reconfortados, vi al japonés revolver en sus mochilas. Supuse que querría sorprender a los indígenas con un nuevo artilugio. Y sin embargo solo extrajo viejos dibujos. Algunos estaban codificados por detrás con nombres de batallón. Pensé que serían croquis militares. Y de hecho en uno de ellos aparecía el retrato de un soldado americano. En todos, sin embargo, estaba dibujado un curioso animal peludo que caminaba erguido. Era algo mayor que el tamaño medio del ser humano.

Esta vez fui yo la que me empecé a reír, la que hice burlas. Ese japonés estaba enseñando dibujos del yeti a los indígenas. Alborozada, busqué la complicidad de Adela, pero no parecía encontrarlo tan descabellado. Tampoco Sam, que se mostraba incluso entusiasmado por formar parte de una búsqueda tan desafiante. Antonio me amonestó. Me dijo que no debíamos llegar a la selva con nuestros esquemas tradicionales. Solo Angreac pareció darme la razón, entender que si era este el objetivo de nuestra aventura habíamos arriesgado nuestra vida de la manera más ridícula. Mencionó que el viaje era una aventura maldita. Estaba seguro que habíamos seguido la ruta que las ánimas les habían sugerido a nuestros guías, y que esas animas eran malvadas. Porque aunque por el día los guías obedecían sus indicaciones, durante la noche se protegían de ellas con fetiches y amuletos. Su fanatismo esta vez comenzó a asustarme. Y no sé si fue por mi expresión de alerta por lo que me rechazó esa noche. Tan sólo me dijo que estábamos pecando, que debería alejarme. A mí, que el pecado me parecía una palabra sugerente e incitadora.

Tendí mi hamaca en el otro extremo de la casa comunal. Esta vez fui yo la que me acerqué a la hamaca de Sopheap. Sin lugar a dudas no hay más terrible soledad que la compañía forzada. Me sentía rabiosamente sola, porque dependía de toda esta gente rara, del afecto de un hombre que me consideraba demoníaca, de Sopheap, que me amenazaba con sus creencias escalofriantes, de Sam y Adela que exhibían una prepotencia agresiva, de Antonio que se había vuelto soberbio en su recién adquirida fortaleza, del japonés que jefeaba la misión, y sin embargo parecía tan deprimido, tan ensimismado. El nipón solo pareció alumbrar un soplo de ilusión cuando los locales, tras mostrarles más de una centena de imágenes del animal peludo, pintadas por los desquiciados soldados americanos de la guerra del Vietnam, parecieron reconocer una de ellas.


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A la mañana siguiente, antes de que Angreac se revolviera en su hamaca para sus rezos matinales, el japonés y Antonio habían desaparecido. Sopheap estuvo buscándolos en el pueblo pero nadie supo por qué o quién exactamente preguntaba. No llegaron hasta el mediodía cuando ya vaticinábamos que algún fantasma los había secuestrado. Y no nos dijeron qué habían hecho hasta por la noche, cuando ya nos habíamos aprovisionado para volver a Andoung Meas al día siguiente.

Yo me había convencido de que aquel viaje no era antropológico, ni científico, sino una suerte de desvarío de un hombre carente de imaginación que infantilmente pensaba hacer realidad alguna vieja leyenda mediática para sorprender a la mujer que le gustaba. Que por cierto se había enrollado con el otro organizador del viaje, el que venía buscando riquezas escondidas para poder vender su información a alguna multinacional extranjera. Quién sabe si también Andreac vendería los mapas a su orden religiosa y acabarían roturando cien kilómetros la selva hasta llegar a aquel mísero pueblo de apenas sesenta personas, sólo para convencerles de que llevaban una eternidad adorando a un dios falso.

A la hora de la cena, los indígenas, presas de la generosidad de quien no ha visto a un blanco aún y no sabe de su propensión a expoliar riquezas ajenas; nos ofrecieron un banquete. Incluso carne de búfalo. Los blancos lo comimos como un obsequio especial, aunque supiéramos que habitualmente esa carne la reservaban para los entierros. Sopheap y los otros guías se abstuvieron y le aseguraron al japonés que si sacrificaban comida de funeral ahora era como si estuvieran prediciendo alguna muerte. El japonés se rió. Esa noche estaba exultante y brindaba con los indígenas, que no conocían tal costumbre. Entendí el motivo de su alborozo cuando nos enseñó las imágenes que había rodado aquella mañana. Antonio y él habían sido acompañados por dos jóvenes indígenas a las afueras del pueblo y subidos a un pertrecho que había en la cima de un árbol. Tuvieron que esperar varias horas hasta que consiguieron grabar las imágenes que nos enseñaban. Me quedé impávida al ver la figura de lo que parecía un hombre inmenso, con el cuerpo desproporcionado y el ceño fruncido. Estaba desnudo y cubierto de pelo. Un niño pequeño caminaba a su lado. Cuando pasaron por debajo del árbol, el japonés grabó entre las ramas la cola de ambos, enroscada como la de un cerdo.

En aquel momento, tras haberme enamorado de un fundamentalista cristiano, vivir atemorizada por los espíritus de la selva y contemplar la grabación de un yeti y su hijo; desconfiaba completamente de mi juicio. Desconfiaba de lo que siempre había creído como verdad y como mentira, de mi criterio al distinguir los argumentos razonables de los descabellados. Anhelaba tanto volver a la civilización y retomar mi antigua Noelia.


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El octavo día salimos de allí dejando en el poblado a Sopheap con el japonés y su herida ulcerada que ya no parecía importarle. Estaba eufórico con su descubrimiento y apenas ponía atención en ninguna otra cosa. Quería grabar más imágenes del yeti. De regreso, tardamos solo tres días en regresar a Andoung Meas por el mismo camino, porque ahora ya estaba despejado. Apenas hablamos, yo deseaba desarrollar la misma suerte de estado meditativo que había conseguido Antonio para no desesperarme. Pero estaba tan alterada que por la noche, entre los altísimos árboles, sentía cómo la selva respiraba agitadamente, como un animal al acecho. Colgaba mi hamaca cercana a la de los guías, que me contaminaban los sueños con sus amargos tabacos. Sam y Adela estaban más relajados. Incluso tenían fuerzas para la generosidad y agasajaron a los guías con algunos regalos.

Cuando al décimo día llegamos a Andoung Meas no tuvimos que preguntar por el guía que enfermó de malaria. Estaba esperándonos en el comedor devorando una sopa negra atiborrada de chile, completamente recuperado. No había consumido el antimalárico que le procuramos sino sus propios remedios y nos devolvió todo el malarone. Lo empezamos a tomar inmediatamente, esperando que tuviera efectos retroactivos si es que ya estábamos contagiados. En el camino a la pista de Banlung apenas miré a mis compañeros. Tampoco en el avión, que de nuevo oscilaba horizontalmente de una manera poco convencional, decididamente poco aerodinámica. Yo sólo deseaba llegar a la ciudad para volver a estar sola. Poder volver a escoger la compañía que deseara. Poder volver a elegir entre encender la luz o no cuando se hiciera de noche. No entiendo quién afirmó que en la selva se es más libre, porque para mí, estar diez días en la jungla fue una terrible cárcel.

Apenas me despedí de los chicos y a la semana me cambié de casa, dejando a Adela con Sam, que ya hacía llamadas a diestro y siniestro planeando algún negocio. A Antonio apenas lo vi, porque tras regresar de Ratanakiri se tuvo que ir a Bangkok a un congreso. A su vuelta me informó que al japonés le habían tenido que cortar el brazo izquierdo. Al regresar de la selva, la gangrena le había hurgado hasta atravesarle los tendones y el hueso. Fuimos juntos a verlo al hospital. Yo no sabía que Antonio llevaba un libro de zoología, no hasta que lo abrió en la habitación del hospital y se lo enseñó al japonés. Hasta ese momento el japonés estaba contento, había grabado varias películas en el poblado. A pesar del brazo perdido creo que en el fondo se sentía satisfecho, pensaría quizás presentarse en la facultad de antropología convertido en un héroe.

El japonés miró el libro con curiosidad. Antonio lo había comprado en una librería de Bangkok. Era un manual de la fauna del sudeste asiático. En él aparecía una foto de una nueva especie de gibón clasificada cerca de las cuatro mil islas del río Mekong. Al ver su tamaño descomunal, su figura desproporcionada, el japonés se quedó paralizado. La cola de ese animal de los bosques del sur de Laos era enroscada, como la de un cerdo.

Antonio, con cierta soberbia de sabelotodo, me contó a la salida del hospital que los jemeres rojos habían matado a todos los zoólogos, y por eso no era de extrañar que no hubiera referencia alguna sobre los animales que había en Camboya y se confundieran con mitos.


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A las pocas semanas me fui de Camboya, cuando el gobierno de Myanmar abrió sus fronteras para el estudio de las propiedades psicoterapéuticas de la meditación budista. No volví al país hasta diez años más tarde, cuando decidí tomarme un año sabático y recorrer todo Asia con mi mochila. Para pasar a Vietnam, escogí el camino del noroeste, porque desde Pnhom Penh se llegaba en tan sólo un día y medio a Andoung Meas en coche. La antigua compañía aérea, tras estrellar todos los aviones que hacían esa ruta, había desaparecido. Por el contrario, los vietnamitas habían trazado una moderna carretera desde Banlung a la frontera. Por ella exportaban el oro que mancha la tierra más allá del río Se San. Y transportaban la madera de teca, la más cara del mundo, talada gracias a la ingeniería de una maderera de Cleveland.

En Andoung Meas me encontré a la misma mujer con harapos que le daba vueltas a la sopa negra de bambú junto a la carretera. Ahora, entre los mismos tendejones desvencijados de hacía diez años habían construido un iglesia. En frente, en una pequeña plazuela junto a la carretera, había una pequeña placa en memoria del hombre que había conservado el arte Tompoun, la vieja tradición de registrar las historias de vida en las calabazas, que ahora se consideraba perdida. El nombre era japonés por lo que me acerqué a la iglesia para preguntar en inglés por su suerte. Un misionero filipino me contó que aquel hombre se había suicidado hacía diez años, nada más llegar a Japón procedente de Camboya y con un brazo de menos. Un escalofrío me recorrió el cuerpo con tal virulencia que me derrumbé en uno de los bancos de la iglesia. Esa trágica noticia, o la extraña sensación que tenía al llegar a aquel pueblo, esa mala sensación de nuevo de que alguien me seguía; me hicieron juntar las manos y ponerme a rezar por primera vez en la vida.

miércoles, 13 de octubre de 2010

CUENTO HONDUREÑO 4.- LA RESISTENCIA

1.-
Aunque Inés Esquivel fue educada desde pequeña con cuidado, con esperanzas y con comida de colores; no dejó de llegar a la adolescencia confundida. Y es que aunque su abuela se empeñara en la alegría durante el día; por las noches, Inés acumulaba en su cuerpo emociones que a veces le impedían respirar y no sabía dónde ponerlas. No sabía donde poner una tristeza profunda que no entendía de donde salía. No era como las gafas que se podían apoyar tranquilamente sobre la mesita de noche. Permanecía palpitando en su pecho toda la noche, como un animal en agonía. La impedía dormir todo lo necesario para que no le cruzaran el rostro aquellas profundas ojeras. Y le permitía escuchar los sonidos de su tía que no conseguía conciliar el sueño leyendo libros marxistas que hacía décadas se habían pasado de moda. Inés se asustaba pensando que acabaría siendo como su tía, con esa soledad tan rabiosa, esa inconformidad inadaptada, esa melancolía por su infancia que era enfermiza. Por eso cuando nadie la veía, por las mañanas, rescataba partículas de la antigua caja de los remedios de Jorge, polvos de colores, hojas secas de texturas cortantes, flores empalagosas. Las tragaba esperando que surtieran algún efecto y por las noches aguardaba a que le llegara el sueño. Bajo un halo de luna la altísima palmera imperial despojaba sus hojas violentamente contra el suelo más allá de su ventana.
Inés era altísima, morena y enérgica. Tenía una voz que parecía elicitar cualquier emoción humana. Cualquiera diría que cantando podría manejar los temperamentos ajenos a su antojo. Cantaba en el restaurante, en la escuela, en la Iglesia. A pesar de esa habilidad única, no podía absorber tanta pena. Poco sirvieron los remedios de Jorge para aquella tristeza sin significado. Y parecía que no sintiera lo que sentía por algún dolor propio, sino por padecimientos ajenos. Parecía que no pudiera dormir porque parte de la humanidad no dormía. Estaba vinculada a algo que transcendía su cuerpo y desconocía la naturaleza de esa energía que la desvelaba, de esa conciencia colectiva que la mantenía alterada.
Amanda, que siempre fue experta en disimulos podía intuir que su nieta no había crecido como ella esperaba, a pesar de lo mucho que Inés se embarraba las ojeras con maquillaje. Podía intuir de nuevo aquellas emociones inapropiadas de la familia, aquellas fuerzas incontroladas.
Cuando Inés cantaba en el restaurante con esa voz prodigiosa que había heredado de su abuela Laura, la melodía estaba tan llena de nostalgias que dejaba meditabunda a la audiencia. A veces, algunos niños que la oían se ponían a llorar extrañamente, con una pena que no era propia sino ajena.
Por qué está tu nieta tan triste, le preguntaban algunos clientes del restaurante a Amanda. “No tiene motivo alguno, sospecho que es por tristezas que no son suyas”. Por eso algunos clientes le contaban sus tristezas, esperando que así Inés se quedara con ellas, liberándolos. Y es verdad que entonces las ojeras de la niña aún se hacían más profundas y oscuras.
Ante tanta tristeza, Inés no sabía a quién quejarse. Se enfadó con el mundo, con el orden de las cosas y también con Dios. Se enfadó con ella misma que sólo podía sentirla sin poder alterarla.

2.-
Juana se obcecó con la belleza de Álvaro haciéndola hacer el ridículo delante de todo un pueblo cuando era una niña. Y muchos años más tarde tuvo que ser sedada, para que el arrebato de su capricho no le llevara a desmayarse de emoción frente a él al volver a verle, y quién sabe si enviarle flores al batallón o dejarle notas perfumadas con el soldado que hacía las guardias.
Es que su mente se había quedado encallada en otra época, la época en que su abuelo Elio aún vivía, llegaba a la casa cargado de periódicos y los leía con avidez esperando que en alguno de ellos hubieran ganado la guerra. Por eso tampoco podía reprimir el contrariar cualquier argumento complaciente con la realidad del momento, la realidad de no estar satisfecha con aquella paz forzada.
Juana era incapaz de entender o controlar esas pasiones desbocadas, que los remedios de la caja de Jorge sólo templaban pero no lograban amainar del todo. Le hacían hacer cosas fuera de lo habitual y sufrir innecesariamente. No hay remedio suficientemente eficaz en estos casos de alma temperamental y el corazón oscila invariablemente entre la desdicha y el entusiasmo.
Sin embargo fue Álvaro y no Juana el que esta vez comenzó a perseguirla. Desde el día que llegó al restaurante, buscando las pizquitas que promueven descuidos, Álvaro volvió a menudo. Volvió secretamente a por Juana. Sin que nadie lo percibiera, él la rondaba. Porque los ojos de Juana eran exactamente los mismos. Porque el cuerpo de Juana, fibra negra temblando, le dejó con una duda. Qué le pasaba a aquella india, que era incapaz de envejecer, incapaz de doblegarse a las más comunes realidades, incapaz acostumbrarse al paso del tiempo. Su belleza y su independencia eran una provocación que dejaban a aquel soldado desconcertado. Los días festivos las huellas de Álvaro se hacían hueco entre las semillas del guanacaste, a los alrededores del sencillo comedor. E incluso a veces, se asomada al alfeizar de su ventana sólo para ver a Juana moverse ágilmente en el comedor más allá del don Juan de noche, de los picudos estambres de hibisco.

Por las noches, inquietantes sueños alteraban el ánimo de Álvaro. A veces soñaba que Juana era una terrorista que se acercaba a su habitación y cambiaba sus trajes de teniente por pulpos y medusas. Otras veces soñaba que ella llegaría para matar a su mujer y a su hijo y saldrían huyendo a la selva. Entonces él descubriría que a ella no era sangre humana sino animal la que le recorría las venas, y que al caminar descalza por el bosque se comunicaba con las raíces de todos los árboles. A veces soñaba que se despertaba sobresaltado al sentir que el vello de su pubis no era más el suyo propio, sino la melena de Juana deslizándose.

3.-
El veintiocho de junio de dos mil nueve Amanda se levantó sintiendo el olor de su desaparecido hermano Isabel por todas partes. Aquel día hubo el golpe de Estado en Honduras que fue como la tabla de salvación en la marea de tristezas en que se ahogaba Inés.
El gobernante derrocado era demasiado complaciente con los movimientos sociales por lo que la vieja oligarquía no dudó en comprar a su séquito, a sus ministros, y envenenar a sus animales de compañía para agarrarle en pleno sueño y expulsarle.
De repente la población cambió, incluso gran parte de la juventud urbana hondureña, que hasta la época parecía tan solo preocupada por seguir las modas gringas. Tras el atentado a la casa presidencial, cientos de miles de personas salieron durante más de cien días ininterrumpidos a protestar a las calles. En cada lugar, posta o camino había movilizaciones. En un país tan pasivo fue un hecho totalmente inesperado. Quizás muchos jóvenes se habían formado dispuestos a hablar aunque lo que tocara fuera cerrar la boca. Quizás muchos aspirantes a guerrilleros como Juana esparcieran por el país de manera semisecreta la subversiva idea de que se podían cambiar las cosas. Quizás se consiguiera transmitir por tradición verbal y en susurros el pasado honorable de Honduras, que ni siquiera estaba registrado en muchos libros de historia. Es posible que toda una generación les contara calladamente a sus hijos que los hondureños también habían acometido grandes hazañas. Como un indio de poco más de metro y medio, el indio Lempira, arrinconó con su ejército de piedras contra balas al ejército español en los tiempos de la conquista. Y que sólo consiguieron matarle con las artes más infames de la traición, porque su alma pura de héroe era incapaz de prever ciertas mezquindades. Quizás algunos maestros inspiraron a hurtadillas a los más pequeños, contándoles como en el siglo diecinueve creció en Tegucigalpa un hombre de gran espíritu humanista y mente excepcional para la estrategia. Uno de esos raros hombres que consiguen ver más allá de sus propios horizontes. Fue Francisco Morazán, el que salió de Honduras para reunir a la patria centroamericana y por un tiempo incluso consiguió borrar todas las fronteras. Es posible que los abuelos les dejaran escritas viejas historias en los manteles de la mesa o en las toallas de los lavabos, historias como aquella de los años cincuenta, en la que miles de jornaleros del plátano que no sabían siquiera escribir hicieron una huelga tan espantosa que, mientras aguantaban un hambre atroz, tomaron ciudades, las gobernaron por meses y arrinconaron a las compañías bananeras, que tuvieron que olvidarse de su imperio.
La memoria colectiva que estaba ausente en las calles parecía haberse revelado en las cocinas de las casas y toda una generación aprendió de los relatos contados en voz baja las razones por las que cientos de miles de hondureños apoyaron en secreto la guerra en los pueblos vecinos cuando en los años ochenta Ronald Reagan dio orden de exterminarlos.
Ese inconsciente complot, esa confabulación involuntaria hizo que el día menos pensado toda una generación comenzara a militar en política.

Juana se desperezó de su insomnio para arengar a las multitudes, para enfrentarse a la policía, e Inés, se echó a las calles. Mientras el gobierno y el ejército decretaba estado de excepción y tiroteaba a las multitudes amotinadas, Inés marchaba.
En el caso de Inés su altura en las manifestaciones fue ventajosa porque conseguía sacar la cabeza entre las multitudes y vislumbrar la estrategia del cerco policial. Alertaba a sus compañeros para que pudieran burlar la represión. Se pasaba el día marchando en las calles, insultando a la policía, corriendo. Y por las noches cantaba canciones acongojando a todos los revolucionarios de las marchas.
Aquel año no habría revolución, ni la habría los siguientes, pero Inés por fin encontró un sitio donde gritar en un país de silencio, le puso rostro a su llano y empezó a dormir con mayor facilidad. En aquellos meses de protestas y represión la cólera le arrancaba la tristeza, le permitía respirar más a fondo, la mantenía viva de verdad. Recordó que en la caja de los remedios de Jorge había escrito la ira era la energía mas liberadora de todas.

4.-
Amanda observaba a Inés con pánico. Inanes habían sido sus esfuerzos de disimular penas y estimular esperanzas. Inés no querría salir de Honduras y el único conjuro para su tristeza era esa rabia política de nuevo. Amanda debió de prever que los fingimientos no sirven a los ojos de una niña. Los ojos inocentes aún saben leer los ceños fruncidos, intuyen la insatisfacción que se cierne en cada insomnio, el significado de cada suspiro. Inés pudo entender toda la amargura que había en la vida de su abuela sólo observando su falta de espontaneidad, la del que se traza su propio camino rígido. Por si la libertad pudiera delatar sus auténticas emociones, una vez liberadas le desbordaran a uno y fuera imposible acallarlas.
Un día le dijo en un susurro – “No quiero que mates” -. Inés se rió. “Que idea más alocada, abuela.”
Pero Amanda sabía lo fácil que era recordar el arte de la guerra en Centroamérica, porque nunca se ha podido olvidar del todo. Cada mañana cuando abría el restaurante su corazón se cerraba como la concha de algún molusco cuando sentía el olor del Tío Isabel inundando la cocina. El olor del Tío Isabel en aquellos tiempos de protestas y resistencia se regaba por cualquier parte. Aquel olor era tan intenso que hacía sentir que aquel era el momento. Por encima de todos.
Por la noche Juana ensayaba las viejas recetas. Las de los explosivos caseros, que usan cualquier ingrediente para fabricar un arma, las cosas más habituales que se podían encontrar en un almacén vulgar, en la farmacia o en una ferretería. Disimulaba los olores a metal y ácido que impregnaban la cocina del restaurante dejando la aromática caja de los remedios del enfermero Jorge abierta.
Juana instigaba a ciertos jóvenes, que se encontraba en las marchas y en las reuniones políticas. Les enseñaba a que pudieran matar. Les azuzaba para que los escrúpulos no vencieran su determinación. Les mostraba las excusas mentales que corroen el remordimiento hasta que apenas subsiste. Les enseñaba a hacer granadas de mano con argollas detonadoras sacadas de las latas de Pepsicola. Mostraba con precisión matemática cada combinación de elementos que podía hacer volar el cuerpo humano en infinitos pedazos.
Por eso un día de agosto varios carros sin placas se agolparon frente a la fachada del restaurante. Eran negros y estaban recién lavados. Parecía que dentro iban a asistir a un sepelio. Las ramas del donjuán de noche habían crecido tanto que ya cubrían el letrero de “comidas”. Siete encapuchados salieron al unísono de los carros. Quizás previamente se hubieran puesto de acuerdo en la hora y en la velocidad de la carrera hacia la puerta. Se encontraron a las tres mujeres en la parte trasera, solas, desayunando. Amanda se sobresaltó, derramando el frijol refrito que estaba sirviendo sobre el piso. Puso a Inés detrás de ella, como si su escueto cuerpo pudiera ocultar la altura desproporcionada de su nieta.
La luz de la mañana entraba oblicua por la puerta del patio y se oía a los perros aullar agudamente al otro lado. Juana agarró unos filetes de carne del día anterior, abrió la puerta trasera inquietando a los policías y los arrojó a los perros hambrientos, que se arremolinaron en una pelea sin tregua por cada pedazo. Juana se limpió las manos con el delantal, manchando de sangre el blanco orlado de puntillas y encaje. Se lo desató dejándolo sobre la mesa y se dirigió a los policías.
- Dejen a mi mamá y mi sobrina tranquilas. Es a mí a quién han venido a buscar.
Al caminar hacia los policías se desmayó y tuvieron que sujetarla en volandas mientras cubrían su cabeza. La llevaron a rastras por el restaurante, estrapallando frijoles contra el frío azulejo, hasta meterla en la parte de atrás de uno de los vehículos.
Amanda clausuró el restaurante y se fue con Inés a casita del guarda. Sintió el olor de su hermano Isabel en todas las estancias. Era más fuerte de lo que había sido hasta entonces.
Amanda instó a Inés a recoger todas sus cosas. En aquel momento saldrían rumbo a los Estados Unidos
- “Aunque tengamos que atravesar cien alambradas.”
Sus ojos negros estaban cercados por tantos surcos y arrugas que parecían querer dibujar algún árbol genealógico antiquísimo, complicado. Comenzaba a recoger y empaquetar las cosas de la casa, como si realmente pudieran irse a alguna otra parte.
Inés sabía que huir no servía de nada. Sus músculos le impedirían dejar de enfrentarse a algo, a alguien o a todo; si es que quería conjurar aquella depresión que la tenía acorralada. Nunca iba a dejar la tumba de Juana sin flores. Mientras fingía que recogía sus cosas en el cuarto, se quedó impávida al escuchar más allá de la puerta de la cocina como su abuela se hincaba de rodillas sobre el suelo. Rezaba angustiada al olor de su hermano Isabel pidiéndole que no buscara venganza.

6.-
Álvaro se conmovió de nuevo ante la belleza de Juana. Incluso entonces con el cabello sudoroso, aplastado contra la cara y las manos atadas a la espalda. La había visto temblar en su presencia desde la adolescencia, como un ser irracional. En aquel momento estaba a su merced, aquella mujer que siempre había deseado conquistarlo, vencerlo o convencerlo de algo, a él, militar de carrera. Aquella mujer a la que secretamente temía y anhelaba. Le dio una patada en el estómago. Venganza por la confusión en la que estaba sumido.
Juana yacía inerte sobre el suelo de la celda cuando los secuaces de Álvaro fueron a la zaga y comenzaron a golpear a la mujer inconsciente.
- “Muerta no nos sirve.”- Dijo el comandante mientras le volcaba un cubo de agua a la cara.
Cuando se despertó el comandante le arrancó la blusa y le quemó con el cigarro el pecho. Al comenzar a arderle el pezón, sus pulmones parecieron paralizarse y volvió a sucumbir. Tuvieron que esperar varios minutos a que se espabilara. Aquella tarde Juana pasó más tiempo derramada en el suelo que cuerda. Como si su conciencia tuviera un interruptor cuando se enfrentaba al dolor y prefiriera pasar la tortura dormida.
Jorge le había advertido contra sus desmayos ya en el florido patio de occidente mientras examinaba al caballo de Isabel, el que se murió a los pocos días de su partida. Al huir su amo aquel equino salvaje había enfermado de melancolía como si fuera un humano, lo que solo vino a confirmar la extendida sospecha de que el corazón más hostil es muchas veces el que más sufre. Aquel día, mientras arrastraban el cadáver del caballo a la quebrada, el enfermero le dijo a Juana que continuos desmayos podrían tener consecuencias fatales para el organismo.
Cuando el sol ya empezaba a caer más allá de las rejas, Juana empezó a delirar y no conseguía coordinar los pasos. Un fallo isquémico estaba marcándole un ritmo maligno a sus arterias. El comandante quiso dejarla dormir toda la noche, temeroso de que entrara en coma. Al día siguiente se dieron cuenta de que se había quedado sin habla.
- “Es una suerte para sus compañeros.”- Comentó el comandante. No estaba dispuesto a permitir la desobediencia, aunque fuera involuntaria, por lo que Álvaro recibió la escueta orden de desaparecerla.
Juana miró con ojos vidriosos a Álvaro. El teniente la tomó del brazo, y la mujer, ya mareada, no opuso resistencia. La arrastró por un pasillo húmedo. Llegaron a un garaje oscuro donde había un doble cabina aparcado. Al tumbarla sobre la paila le tomó la cabeza. Sus manos estaban tan frías. Sintió su tacto húmedo en sus mejillas cuando le colocó la cabeza sobre unas ropas usadas que estaban apiladas en una esquina, cuando recogió con su mano un mechón de su pelo y lo colocó tras la oreja. La cubrió completamente con la lona. Apenas entraba aire y luz por algún orificio que le habían hecho al plástico. A través de él pudo ver a cientos de personas reclamando por los detenidos a las afueras del edificio. Quiso llamar su atención pero no consiguió articular una sola palabra. Pronto comenzó el violento traqueteo. Llegaban a los barrios de las afueras, a los que no llega el asfalto. Las ropas bajo su cabeza la protegían de golpearse contra el acero del carro. El sueño invadía su cuerpo pero esta vez no consiguió dormirse ni desmayarse. No hasta llegar al campo y ver como Álvaro la sacaba del carro y la depositaba lentamente sobre el suelo. No hasta verlo sujetar el arma contra ella. Todo estaba muy borroso pero Juana pudo distinguir detrás de él un árbol de flores rojas. Entre la infinidad de especies de árboles que tienen flores coloradas en Honduras, no consiguió adivinar de qué clase era ése. Quizás Jorge o Amanda lo hubieran adivinado, e incluso hubieran sabido que sus ácidas semillas se utilizaron en alquimias ancestrales para vencer los destinos más aciagos. Pero la mujer difícilmente podía permanecer despierta. El zacate estaba crecido y el zumbido de cientos de insectos la cercaba. La pistola que le apuntaba parecía temblar. De hecho, Álvaro tuvo que cerrar los ojos para conseguir dispararla.